Tanto en el colegio como en casa, me han transmitido unos valores que considero que son de suma importancia para el quehacer diario.
En primer lugar, destacaría el respeto que hay que tener hacia los demás. Esta cuestión nos la enseñaban en el colegio de manera continua. Me sorprendía sobre todo el respeto que se les tenía a los profesores. Desde pequeñitos se nos enseñaba a tratar con respeto y de manera adecuada a todas las personas pero en especial a los profesores, puesto que eran personas mayores que nosotros y se merecían que les tratásemos con deferencia y educación.
En el colegio, antes que entrase el profesor en el aula nos teníamos que poner de pie. Otra cosa que también teníamos que cumplir era el dirigirnos a los profesores de ‘‘usted’’. Así mismo, era fundamental para hablar en clase levantar la mano. De este modo, respetabas el turno de los demás y cuando el profesor creía conveniente te daba la palabra.
La puntualidad es sagrada. Al segundo timbre todas las aulas se cerraban. No se aceptaban retrasos injustificados. Los alumnos aceptan responsabilidades en el aula: cerrar puertas, bajar persianas, tener limpio el encerado… La clase empezaba solo cuando se hacía completo silencio.
Otro aspecto primordial es el de la solidaridad con los más necesitados. En mi colegio había un grupo de voluntariado que solía ayudar en tareas de la Iglesia. Se organizaban campañas de donativos, recogida de uniformes y material para colegios con pocos recursos, acciones de comercio justo.
También se inculcaba una actitud de respeto al entorno y se realizaban acciones para sensibilizar y comprometerse en el uso de la energía.
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